AULA 31

Bitácora de LITERATURA y LENGUA (… y otras "hierbas" educativas y sociales )

LA ELEGANCIA LITERARIA 8 diciembre, 2012

Filed under: V A R I O S — ciervalengua @ 5:20 pm

Keira Knightley en Ana Karenina, 2012

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Construir y materializar en el texto un personaje, es un proceso a capricho del autor, y éste a veces denota elegancia interior (valores humanos ) y exterior ( vestuario ). La elegancia nace en el interior y se demuestra en el exterior no solo como un saber vestir, una belleza, y una  pulcritud sino como un comportamiento, es decir, que trasciende la estética para ser ética o, de otra forma, ser ética a partir de la estética.  Algunos personajes literarios no sólo saben elegir sus prendas, su vestimenta, sino que cobran cierto carácter a partir de ellas. ¿Quiénes son los mejor vestidos de la literatura? Aquí una breve lista, extraída del blog Monkeyzen:

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6. Ana Karenina – León Tolstói, Ana Karenina, 1877

Una adúltera de estilo sorprendente. Su competencia más amenazante podría encontrarse en Emma Bovary. Decido incluir en la lista a Ana, por su elección del vestido negro en aquel baile.

Su belleza queda enmarcada por el atuendo y las miradas terminan sobre ella. El pasaje me hace pensar un poco en Coco Chanel:

Ana no vestía de fila, como supusiera Kitty, sino de negro, con un traje muy descotado, que dejaba ver sus esculturales hombros que parecían tallados en marfil antiguo, su pecho y sus brazos torneados, rematados por finas muñecas. Su vestido estaba adornado con encajes de Venecia; una guirnalda de nomeolvides adornaba sus cabellos, peinados sin postizo alguno, y prendido en el talle, entre los negros encajes, llevaba un ramo de las mismas flores. Su peinado era sencillo y sólo destacaban en él los bucles de sus cabellos rizados, que se escapaban por la nuca y las sienes. En el cuello, firme y bien formado, ostentaba un hilo de perlas.

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5. Dorian Gray – Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, 1890

Ben Barnes en El retrato de Dorian Gray, 2009

Dorian Gray es un dandy de fin de siglo que esconde un oscuro secreto: mientras él conserva la juventud, su retrato se va deteroriando, testimonio de un espíritu oxidado. Sus trajes y sus corbatas de seda forman parte del proceso.

En una novela que aborda el narcisismo y el hedonismo, era indispensable encontrarnos con un protagonista impecablemente vestido:

A las ocho y media, unos criados que prodigaban reverencias hicieron entrar en el salón de Lady Narborough a Dorian Gray, vestido de punta en blanco y con un ramillete de Violetas de Parma en el ojal de la chaqueta.

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4. Midori Kobayashi – Haruki Murakami, Tokio blues (Norwegian Wood), 1987

Haruki Murakami, Tokio blues (Norwegian Wood)

Los atuendos de Midori poseen una estética un poco mod, propia de finales de los 60. Murakami suele poner atención a la vestimenta de sus personajes, y sus descripciones son tan efectivas que a veces vale la pena leerlas como unidades independientes de la trama.

La ropa de Naoko, el amor frustrado del protagonista, es interesante, pero también ingenua. El carácter extrovertido de Midori, en cambio, resulta del todo congruente con su pelo corto y su minifalda.

Al bajar al vestíbulo, vi a Midori vestida con una minifalda tejana increíblemente corta, sentada en una silla con las piernas cruzadas, bostezando. Al pasar, los chicos que iban a desayunar se comían con los ojos las piernas largas y delgadas de Midori.

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3. Jay Gatsby – F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, 1925

Alan Ladd, Robert Redford, Toby Stephens y Leonardo DiCaprio como Jay Gatsby

El exitoso Jay Gatsby supo hacer de su propia personalidad una especie de mito, y parte de su estrategia consistió en elegir prendas costosas, de un estilo magnético y muy en el tono de la era del jazz.

Una hora después la puerta del frente se abrió nerviosamente y Gatsby, en un vestido de paño blanco, camisa color plata y corbata dorada, se apresuró a entrar.

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2. Orlando – Virginia Woolf, Orlando, 1928

Tillda Swinton en Orlando (1993)

En una novela decidida a cuestionar qué significa ser un hombre o una mujer, la descripción de los atuendos era indispensable.

Orlando cambia de género sin cambiar de identidad, y le basta un párrafo para usar cuatro atuendos diferentes. De ser un hombre, terminó convertido en mujer, en “un bello animal romántico, que puede ser adornado con pieles y plumas, perlas y diamantes, sedas y metales”.

Finalmente, decide arrancarse el vestido y ponerse la ropa que usaría un hombre noble. Así, Orlando es un icono de la moda andrógina:

Orlando, ahora, se había lavado y vestido con esas casacas y bombachas turcas que sirven indiferentemente para uno y otro sexo; y tuvo que enfrentar su situación.

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1. Holly Golightly – Truman Capote, Desayuno en Tiffany’s, 1958

Audrey Hepburn como Holly Golightly

La socialité que surgió de la nada y que un día desapareció, la diosa absoluta y embustera de la mitología del estilo.

No es gratuito que haya armado una lista de razones para adorarla. Una de ellas, por su puesto, su aspecto inmejorable, su pequeño universal guardarropa.

Ella seguía subiendo la escalera, llegó a su piso, y la luz del rellano iluminó la mezcolanza de colores de su pelo cortado a lo chico, con franjas leonadas, mechas de rubio albino y rubio amarillo. Era una noche calurosa, casi de verano, y Holly llevaba un fresco vestido negro, sandalias negras, collar de perlas. Pese a su distinguida delgadez, tenía un aspecto casi tan saludable como un anuncio de cereales para el desayuno, una pulcritud de jabón al limón, una pueblerina intensificación del rosa en las mejillas. Tenía la boca grande, la nariz respingosa. Unas gafas oscuras le ocultaban los ojos.

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¿A quiénes se os ocurre incluir en la lista?   Se aceptan  propuestas…

 

One Response to “LA ELEGANCIA LITERARIA”

  1. Elevalunas Says:

    Ignatius J. Reilly – John Kennedy Toole, La conjura de los necios John Kennedy Toole: Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza, que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj junto a los grandes almacenes D. H. Holmes, estudiando a la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.


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